Salud Mental

Decimos «ganamos» aunque no juguemos: la psicología detrás del fútbol

Por Mente y Salud7 min de lectura
Decimos «ganamos» aunque no juguemos: la psicología detrás del fútbol

El partido dura noventa minutos, pero las emociones que despierta pueden quedarse mucho más tiempo. No porque sea solo un deporte, sino porque, detrás de cada gol, también ponemos en juego nuestros recuerdos, nuestras esperanzas y nuestra necesidad de pertenecer.

 

Mucho más que un deporte

 

Cada cuatro años ocurre algo que cuesta explicar con palabras. Las calles se llenan de banderas, las casas se organizan alrededor de un televisor y personas que apenas se conocen terminan abrazándose por un mismo gol. El Mundial deja de ser un torneo deportivo y se convierte en un fenómeno social capaz de mover emociones muy profundas.

Para la psicología es un escenario fascinante, porque demuestra algo que solemos pasar por alto: las emociones no siempre nacen de lo que nos pasa directamente. Podemos sentir una alegría enorme por un triunfo logrado por jugadores que nunca conoceremos, o una tristeza real cuando nuestro equipo queda eliminado. Y esas emociones no son una exageración ni un capricho. Son auténticas, porque dependen del significado que ese acontecimiento tiene para cada uno de nosotros.

 

La necesidad de pertenecer

 

El ser humano necesita sentirse parte de algo. No es un lujo ni una debilidad: es una de nuestras motivaciones más básicas, tan importante como sentirnos escuchados, reconocidos o queridos. La psicología la describe como la «necesidad de pertenencia», el impulso de formar y mantener vínculos estables con los demás (Baumeister y Leary, 1995).

Durante un Mundial, esa necesidad encuentra un cauce perfecto. La selección representa mucho más que once jugadores en una cancha: se transforma en un símbolo con el que millones de personas se identifican al mismo tiempo. Ponerse la camiseta, cantar el himno o ver el partido con la familia y los amigos refuerza ese sentimiento de «nosotros» que tanto bienestar genera.

Por unas horas, las diferencias sociales, económicas o políticas pasan a un segundo plano. Lo que queda en primer plano es la sensación de caminar todos hacia el mismo objetivo, compartiendo la misma ilusión.

 

Cuando el equipo se vuelve parte de nosotros

 

Hay un detalle revelador en cómo hablamos del fútbol. Cuando el equipo gana solemos decir «ganamos», aunque no hayamos tocado la pelota. Cuando pierde, en cambio, muchos dicen «perdieron». No es casualidad. La psicología social lo llama «disfrutar de la gloria ajena», y se observó por primera vez precisamente estudiando a aficionados al fútbol, que después de una victoria llevaban más prendas con los colores de su equipo y se sentían más orgullosos de pertenecer a él (Cialdini y colaboradores, 1976).

Detrás de esto hay algo más profundo. Según la teoría de la identidad social, parte de quiénes somos se construye a partir de los grupos a los que sentimos que pertenecemos (Tajfel y Turner, 1979). Por eso un triunfo de la selección no se vive como algo lejano, sino como un logro propio: durante el Mundial, el equipo y su gente forman, por un rato, una sola identidad. Comprender esto ayuda a entender por qué celebramos como si la copa fuera nuestra y por qué una derrota puede doler de verdad.

 

Una montaña rusa emocional

 

Cada partido pone nuestras emociones a prueba. La incertidumbre mantiene al cerebro en alerta y el cuerpo responde como si también estuviera compitiendo: el corazón se acelera, la respiración cambia y aparecen sensaciones intensas que se transforman en cuestión de segundos. Pasamos de la ansiedad a la euforia, del miedo a la esperanza y, a veces, de la alegría a la frustración.

Entre las emociones que más se repiten están:

  • La alegría compartida después de un gol.
  • La tensión en los momentos decisivos.
  • La frustración cuando el resultado no acompaña.
  • El orgullo de sentirnos representados.
  • La esperanza de que todavía es posible dar vuelta la historia.

Todas son parte de la experiencia humana y hablan de algo valioso: nuestra capacidad de emocionarnos y de hacerlo junto a otros.

 

La energía de celebrar en grupo

 

Quien vivió un gol importante en un bar lleno, en una plaza o en una reunión familiar sabe que la emoción se multiplica cuando se comparte. El sociólogo Émile Durkheim describió hace más de un siglo esa «energía colectiva» que surge cuando un grupo se reúne en torno a un mismo ritual: el entusiasmo de cada persona alimenta el del resto, y el conjunto siente una intensidad que sería imposible a solas.

El Mundial es uno de esos rituales modernos. El grito de gol compartido, el abrazo con un desconocido, la calle convertida en fiesta. No celebramos solo el resultado: celebramos el hecho de estar juntos.

 

Cuando el resultado invade la vida

 

Disfrutar el Mundial con intensidad no tiene nada de malo. El problema empieza cuando el resultado deportivo condiciona nuestro ánimo durante días o tensiona nuestras relaciones más cercanas.

En algunas personas una derrota puede derivar en irritabilidad, discusiones, una tristeza que se prolonga o una sensación de vacío que no guarda proporción con lo ocurrido. Suele pasar cuando depositamos demasiadas expectativas en algo que, en el fondo, no podemos controlar.

La psicología nos recuerda que sentir emociones intensas es sano. Lo poco saludable es permitir que un marcador defina nuestro bienestar, nuestra autoestima o la forma en que tratamos a quienes tenemos al lado. Una buena pregunta para conservar el equilibrio es sencilla: si mañana ya no recordara este resultado, ¿cómo quiero haberme comportado hoy con los míos?

 

El verdadero triunfo está en compartir

 

Quizás uno de los mayores regalos que deja un Mundial sea la posibilidad de reencontrarnos.

Familias que vuelven a juntarse, amigos que organizan un plan, vecinos que celebran en la misma vereda, personas que por un rato dejan de lado sus diferencias para compartir una misma emoción. Esas experiencias fortalecen los vínculos y crean recuerdos que duran mucho más que el campeonato.

Con el tiempo, casi nadie recuerda todos los resultados. Pero sí recordamos con quién vimos aquel partido inolvidable, quién nos abrazó después del gol y quién estuvo a nuestro lado cuando llegó la derrota. Los recuerdos más valiosos no se construyen solo con victorias, sino con las personas con las que las vivimos.

 

Una invitación a disfrutar con equilibrio

 

El deporte tiene un poder enorme para emocionarnos porque toca nuestra historia, nuestra identidad y nuestros afectos. No hay nada de malo en ilusionarse, celebrar, llorar o sentir orgullo por unos colores. Todas esas emociones hablan de nuestra humanidad.

También conviene recordar que la vida sigue cuando el árbitro marca el final. Los vínculos, la salud emocional y los momentos compartidos tienen un valor mucho más duradero que cualquier resultado.

Tal vez esa sea la mayor enseñanza que deja cada Mundial: los campeones cambian con los años, pero las emociones vividas junto a quienes queremos permanecen. Las personas olvidan el marcador de muchos partidos, pero difícilmente olvidan cómo se sintieron al compartirlos. Porque, al final, el verdadero campeonato siempre se juega en el corazón de quienes aprendieron que la alegría compartida vale más que cualquier copa.

 

Sobre Mente y Salud

 

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Referencias

 

  • Baumeister, R. F. y Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497-529.
  • Cialdini, R. B., Borden, R. J., Thorne, A., Walker, M. R., Freeman, S. y Sloan, L. R. (1976). Basking in reflected glory: Three (football) field studies. Journal of Personality and Social Psychology, 34(3), 366-375.
  • Durkheim, É. (1912). Las formas elementales de la vida religiosa. (Concepto de efervescencia colectiva).
  • Tajfel, H. y Turner, J. C. (1979). An integrative theory of intergroup conflict. En W. G. Austin y S. Worchel (Eds.), The social psychology of intergroup relations (pp. 33-47). Brooks/Cole.